“La venganza del secretario”, sin chismes no hay Vaticano

Georg Gänwsein, a quien Vanity Fair lo bautizó como George Clooney del Vaticano, publica un libro sobre las intimidades de Joseph Ratzinger, en los últimos veinte años, mostrando su mala relación con el papa Francisco.

EL BESTIARIO

POR SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

Todavía no ha pasado una semana desde que Benedicto XVI fue enterrado en la basílica de San Pedro, pero su secretario se encuentra ya en el centro de la polémica vaticana. Georg Gänswein, el hombre que se ocupó de custodiar los secretos y la intimidad de Joseph Ratzinger en los últimos 20 años, publica este jueves un libro donde ajusta cuentas con los protagonistas del entorno del pontífice emérito en los últimos años. También con el papa Francisco, con quien no oculta que tuvo una mala relación y con quien se sintió decepcionado cuando le cesó en sus funciones. El Papa, quizá harto de todo el ruido que está levantando Gänswein estos días, se entrevistó con él el lunes. Fue justo después de mandarle un aviso, sutil pero claro, en el ángelus del pasado domingo. “El gran chismoso es el diablo, que siempre va diciendo las cosas malas de los otros, porque es el mentiroso que busca desunir a la Iglesia y alejar a los hermanos y no hacer comunidad”. Francisco y Gänswein, arzobispo alemán, nunca mantuvieron una gran sintonía. Pero la publicación del libro, que el secretario de Benedicto XVI tenía ya listo en la imprenta a la espera de la muerte de quien fue su padre espiritual durante dos décadas, habría empeorado las cosas. “Os pido que hagamos un esfuerzo para no chismorrear. El chismorreo es una peste más fea que el covid, peor. Hagamos un esfuerzo, nada de habladurías, nada”, insistió Francisco el domingo.

Pero era demasiado tarde, porque el libro de “Gänswein, Nient’altro che la verità. La mia vita al fianco di Benedetto XVI” (Nada más que la verdad. Mi vida junto a Benedicto XVI), también apunta a Jorge Mario Bergoglio y a las profundas diferencias que existían, también teológicas, entre ambos pontífices. “Están a la vista de todos las diferencias en el modo de actuar y en matices de juicio teológico con los que ambos papas han afrontado las cuestiones durante su pontificado. Pero Benedicto no ha hecho jamás interpretaciones o valoraciones sobre la estrategia de Francisco”, señala en el libro. Gänswein, de tendencia conservadora, lamenta también en una obra que apunta a ‘bestseller’ el uso partidista que se ha hecho de los dos papas por parte de las facciones tradicionalistas y progresistas de la Iglesia. El problema, según él, no fue tanto la existencia de dos pontífices, como “el nacimiento y desarrollo de dos grupos de partidarios, pues con el paso del tiempo se vio que hay dos visiones de la Iglesia. Y estos dos grupos han creado una tensión que ha tenido eco en quienes no eran conscientes de las dinámicas eclesiales”. Uno de los peores momentos de la convivencia fue cuando el cardenal Robert Sarah, firme opositor a Francisco, anunció un libro a cuatro manos con Benedicto XVI en el que cuestionaba uno de los principales debates ―el celibato obligatorio― en el que se había adentrado el Papa a través del sínodo de la Amazonia. Curiosamente, Gänswein carga ahora contra el purpurado, descartando lo que en su momento se atribuyó a su propia mala fe. El título donde relata lo sucedido se llama “La chapuza de Sarah”.

Unas de las revelaciones que aporta ahora también el libro es la intrahistoria de la renuncia al papado. “La idea original de Benedicto era comunicar la renuncia al final de la audiencia con la curia romana para la felicitación navideña, fijada aquel año para el 21 de diciembre. Iba a indicar el 25 de enero de 2013 como fecha en la que concluiría el pontificado, fiesta de la conversión de San Pablo. Cuando me lo dijo, a mitad de octubre, repliqué: ‘Santo Padre, me permita decirle que si lo hace así, este año nadie celebrará la Navidad, ni en el Vaticano, ni en ningún sitio. Será como un jarro de agua fría’. Él comprendió la motivación y al final eligió el 11 de febrero”. La relación con Francisco, se supone, comenzó a ser mala cuando el Papa lo convirtió en un “prefecto disminuido” a su llegada al pontificado. Gänswein había sido el prefecto de la Casa Pontificia durante el reinado de Benedicto XVI, pero Bergoglio no quiso que continuase ejerciendo esa labor. “Me miró con expresión seria y dijo por sorpresa: ‘A partir de ahora quédese en casa. Acompañe a Benedicto, que lo necesita, y haga de escudo’. Me quedé muy impactado y sin palabras. Cuando intenté replicar, él cerró la conversación: ‘Usted seguirá siendo prefecto, pero desde mañana no vuelve al trabajo”. Gänswein, cuenta en el libro, respondió que no compartía la decisión, pero que la acataba obedientemente. Luego, volvió al monasterio y se lo contó a Benedicto XVI. “Parece que el Papa no se fía ya de mí y quiere que usted sea mi custodio”, le contestó Raztinger a Gänswein, según lo que publica ahora. La cuestión ahora es si el secretario de Ratzinger será castigado o se le proporcionará una salida honrosa por los servicios prestados estos años. De momento, su encuentro con Francisco se produjo en calidad todavía de prefecto de la Casa Pontificia. Y no hay noticia de su destitución. Su regreso a Alemania no parece tampoco probable. El presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, Georg Bätzing, ya lo dio a entender: “Depende del interesado directo y de quién toma estas decisiones en la curia vaticana”.

La mañana del 11 de febrero de 2013, ante un grupo de cardenales, Joseph Ratzinger comunicó en latín su decisión de dimitir. La noticia cogió a casi todo el mundo por sorpresa. Luego, se retiró en silencio al monasterio de Mater Ecclesiae y se recluyó los siguientes 10 años con cuatro ‘memores domini’, mujeres consagradas del movimiento conservador Comunión y Liberación, y con un arzobispo alemán convertido desde 2003 en su mano derecha y ayudante más íntimo. El padre Georg Gänswein, un joven y discreto sacerdote alemán (la revista Vanity Fair lo bautizó como el George Clooney del Vaticano), sí conocía de antes aquella revolucionaria decisión. Y fue el encargado de custodiar el retiro de Benedicto XVI, también de filtrar las visitas, las llamadas y los mensajes que llegaban desde el exterior. Es hoy la piedra de Rosetta para descifrar gran parte de las incógnitas y escándalos que han salpicado al Vaticano en los últimos 20 años. Pero acaba de comenzar algo parecido a una venganza. La muerte siempre es una gran aliada editorial. Más todavía cuando el difunto es un papa. Y Gänswein ordenó publicar sus memorias, en plenas exequias del ‘Emérito’. Papa emérito o pontífice emérito, ​ también denominado obispo emérito de Roma, es el título que designa a aquel sumo pontífice de la Iglesia católica que, por libre y espontánea voluntad, decide renunciar al ministerio papal.​ La editorial Piemme dice que “son una narración en primera persona que arroja luz sobre algunos aspectos incomprendidos del pontificado y describe desde dentro el verdadero mundo vaticano”. Pero tienen aroma a venganza porque Gänswein ha añadido que son “la propia verdad sobre las miserables calumnias y las oscuras maniobras que han tratado en vano de arrojar sombras sobre el magisterio y las acciones del pontífice alemán”. ¿Cuáles? Lo fundamental hoy es conocer los entresijos de la filtración de documentos que destruyeron el pontificado, la turbulencias del Banco Vaticano ―su entonces presidente, Ettore Gotti Tedeschi, que intentó hacer limpieza, fue destituido sin que Benedicto XVI lo supiera― y las posibles extorsiones que hubo al final de su mandato.

Gänswein, nacido en un pequeño pueblo de la Selva Negra alemana, tiene hoy 66 años y es arzobispo y prefecto de la Casa Pontificia, pero comenzó su fiel servicio a Ratzinger cuando tenía solo 46 años. El futuro pontífice era entonces cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y necesitaba un secretario: el suyo, el obispo Josef Clemens, se marchaba a otro encargo. Tuvo dos opciones. Pero el futuro papa escogió a aquel monseñor con conocimientos de leyes. “Era un tipo increíblemente guapo. Nunca habíamos visto algo así”, recuerda una persona que vivió aquel proceso. Una observación confirmada entonces por Donatella Versace, que aseguró que incluso una de sus colecciones se había inspirado en él. “A pesar de su austeridad, representa un sex symbol para gran parte de las mujeres italianas”, apuntó. Gänswein se ganó la confianza del futuro papa, le juró lealtad eterna y, cuando este fue nombrado pontífice en abril de 2005, pasó a ser su secretario privado. Gänswein era la sombra de Ratzinger, lo sabía todo. Incluso los históricos planes de renuncia cinco meses antes, según reveló esta semana al diario La Repubblica. “Me lo dijo en septiembre de 2012, en Castel Gandolfo”. El secretario cuenta que intentó persuadirle para que no lo hiciera. Pero Ratzinger, tras dejarle hablar, le respondió: “Puede imaginarse que he meditado bien esta decisión, he reflexionado, rezado y luchado. No es una quaestio disputata, está decidido. Se lo digo a usted, pero no debe decírselo a nadie más”. Y así fue. Tal y como hizo también con otros asuntos clave del pontificado que ahora podrían salir a la luz en su libro, como las claves de Vatileaks, el escándalo sobre corrupción en la Santa Sede que dinamitó el papado y que muchos creen que fue orquestado por los enemigos de Benedicto XVI. “El diablo estuvo en contra de él”, ha señalado ahora Gänswein, adelantando el carácter revelador que puede tener su libro.

Los casos de corrupción dentro de la Iglesia y la filtración de documentos privados de Benedicto XVI precipitaron el final de su pontificado. Paolo Gabriele, el mayordomo personal de Ratzinger, un integrista católico y padre de tres hijos que pasó de limpiar el suelo de la basílica de San Pedro a la estancia del papa, robó y filtró innumerable documentación. Lo hizo, aseguró, para proteger al papa de sus enemigos. Pero en lugar de eso, destruyó su reinado. Tiempo más tarde, fue condenado y Benedicto XVI lo visitó en su celda semanas más tarde para perdonarlo. Por el motivo que fuera, decidió darle un empleo en el hospital infantil Bambino Gesù, en Roma, con el compromiso de que nunca más hablaría con periodistas y nunca escribiría un libro. Ironías de la vida, la clínica lo destinó a la sala de fotocopiadoras, justo la tarea por la que había sido condenado. El problema es que nadie creyó nunca que Gabriele actuase por su cuenta y no presionado por algunas esferas de poder. Y algunos acusaron entonces a Gänswein, que acaba de explicar que los documentos robados se encontraban sobre la mesa de su oficina, de haber sido extorsionado. Él ha explicado ahora que presentó su dimisión. “Hablé con el papa y le dije: ‘Santo Padre, la responsabilidad es mía, lo asumo. Le pido que me destine a otro trabajo, renuncio’. Él me dijo que no y añadió: ‘Ve, hay uno que traicionó incluso a los 12, se llamaba Judas. Nosotros somos un pequeño grupo aquí y permanecemos juntos”. De hecho, poco antes de renunciar al cargo, Ratzinger convirtió a su secretario en arzobispo y en jefe de la Casa Pontificia para salvarlo de la posible quema que llegaría tras él.

El 23 de marzo de 2013, pocos días después de su elección, Francisco visitó a Benedicto XVI en su retiro de Castel Gandolfo. El papa emérito le entregó ese día un gran sobre blanco con un informe de 300 páginas. Ratzinger había encargado una investigación sobre lo sucedido a tres cardenales: el español Julián Herranz, el italiano Salvatore de Giorgi, y el eslovaco Jozef Tomko. El informe contendría muchas de las respuestas e implicaciones en la trama bautizada como Vatileaks. Y ese documento, que habría podido leer Benedicto XVI y se supone que también Gänswein, fue entregado a Francisco cuando fue nombrado Papa. La documentación fue una primera hoja de ruta sobre la fiabilidad de su nuevo entorno. Pero, por algún motivo, el nuevo pontífice tampoco acabó de congeniar nunca con el hombre de confianza de su predecesor y no quiso que estuviera junto a él, pese a que era el prefecto de la Casa Pontificia (no fue cesado del cargo pese a no ejercerlo). Gänswein, que ha mantenido una relación tirante con el entorno de Francisco desde que este llegó a la silla de Pedro, se ha convertido ahora en el baluarte de los opositores al Papa. Desde la Casa de Santa Marta, la residencia de Bergoglio, se ha considerado a veces que el secretario no había impedido que la figura de Benedicto XVI fuera utilizada por el sector ultraconservador ―al que el propio Gänswein pertenece― para desestabilizar a Francisco.

Uno de los peores momentos llegó hace casi tres años con la publicación de un libro que, teóricamente, el papa emérito firmaba junto al cardenal ultraconservador Robert Sarah y en el que se oponía frontalmente al celibato opcional y, sobre todo, a la ordenación de hombres casados (“Desde lo más hondo de nuestros corazones”. Palabra, 2020). Un tema sobre el que debía pronunciarse Francisco en el sínodo sobre la Amazonia y que convirtió la publicación en una inevitable injerencia. La figura del secretario quedó ya irreparablemente dañada a ojos del entorno de Francisco, que le consideró responsable de que aquel libro llevase la firma de Benedicto XVI, cuando en realidad solo había escrito un texto de acompañamiento. Las suspicacias, sin embargo, son recíprocas. Y ahora Gänswein ha declarado en otra entrevista que la decisión de Francisco de prohibir la misa en latín y el rito tradicional, bandera de los ultraconservadores, rompió el corazón a Benedicto XVI. Sucedió en julio de 2021, a través del motu proprio “Traditionis custodes”, con el que el Papa restringía los permisos para la celebración de la misa con el rito tridentino —según el misal de Pío V, actualizado por Juan XXIII— que Benedicto XVI había concedido 14 años antes. Nadie recordaba ya aquella polémica. Pero las declaraciones de Gänswein vuelven a subrayar, incluso tras la muerte de Ratzinger, la brecha ideológica entre ambos papas y anticipan un clima de El funeral de Benedicto XVI cierra un periodo histórico de la Iglesia

Francisco preside en la basílica las exequias por la muerte de su predecesor, Joseph Ratzinger, el primer papa que renunció al cargo en siete siglos y propició una insólita convivencia entre pontífices

Cuando el reloj de la plaza de San Pedro tocaba las 8.50 de este jueves, víspera del día de la Epifanía, el féretro de Joseph Ratzinger, el papa emérito Benedicto XVI, presidía ya la entrada de la basílica sobre el suelo todavía húmedo por el rocío y la primera niebla. Un sencillo ataúd de ciprés con un evangelio abierto marcaba el ritual que permitió a los 50.000 fieles que aguardaban fuera del templo rezar el rosario y despedir al papa difunto. Francisco, el papa reinante, esperaba para presidir una celebración histórica en el altar construido en el exterior del templo. Un acto inédito que dio pie al funeral y entierro del primer pontífice que renunció al cargo desde 1415, cuando lo hizo Gregorio XII. Ese será su epitafio simbólico, porque en la lápida de su tumba en la cripta de la basílica, que sirvió a Juan Pablo II antes de ser beatificado, quedará solo escrito su nombre y el breve tiempo de su pontificado: siete años, 10 meses y nueve días. Menos incluso de lo que duró su insólito y revolucionario tiempo como papa emérito. Pocos minutos antes de las 9.30, dos guardias suizos se colocaron junto al féretro de Benedicto XVI. Fue justo antes de que el papa Francisco apareciese en silla de ruedas, empujada por un ayudante, y subiese por una rampa lateral al altar de la plaza, cubierta todavía por la niebla. Sus problemas de movilidad, desde hace más de un año debido a los dolores en una rodilla, le impiden caminar con normalidad. Por ese motivo, pese a que presidió la celebración, le ayudaba en el altar el decano del colegio cardenalicio, Giovanni Battista Re, que condujo el rito. Pese a ello, Francisco realizó la homilía, muy religiosa y con pocas referencias directas al difunto. Hasta el momento final: “Benedicto, fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre su voz”.

Mucho antes de que las campanas a muerto comenzasen a sonar en la plaza de San Pedro, sobre las 6.00, se permitió el acceso a los fieles, que ordenadamente tomaron asiento en las sillas colocadas ante la basílica para dar el último adiós a Benedicto XVI, fallecido el pasado 31 de diciembre a los 95 años. Esta vez no se repartieron entradas, sino que solo hacía falta ponerse en la fila para entrar en el recinto. La policía de la capital estimó que unos 50.000 fieles acudieron a la ceremonia. Francisco ha presidido en la basílica de San Pedro del Vaticano las exequias por la muerte de su predecesor,  Joseph Ratzinger, el primer papa que renunció al cargo en siete siglos y propició una insólita convivencia entre pontífices. La misa solemne, diseñada en las últimas horas por los maestros de ceremonia del Vaticano, apenas guarda diferencias con la de un papa reinante. Solo algunos detalles, como el hecho de que el cuerpo no fuera con el palio al cuello, el ornamento que indica que el pontífice era reinante en el momento de su muerte, lo distinguen de un funeral y un entierro como el de Juan Pablo II, el último papa que falleció, en abril de 2005, y a cuyo funeral acudieron unas 300.000 personas. Francisco ha presidido en la basílica de San Pedro del Vaticano las exequias por la muerte de su predecesor, Joseph Ratzinger, el primer papa que renunció al cargo en siete siglos y propició una insólita convivencia entre pontífices. La misa solemne, diseñada en las últimas horas por los maestros de ceremonia del Vaticano, apenas guarda diferencias con la de un papa reinante. Solo algunos detalles, como el hecho de que el cuerpo no fuera con el palio al cuello, el ornamento que indica que el pontífice era reinante en el momento de su muerte, lo distinguen de un funeral y un entierro como el de Juan Pablo II, el último papa que falleció, en abril de 2005, y a cuyo funeral acudieron unas 300.000 personas. Dos monjas leen el L’Osservatore Romano, en la plaza de San Pedro del Vaticano, este jueves.

La misa solemne, diseñada en las últimas horas por los maestros de ceremonia del Vaticano, apenas guardó diferencias con la de un papa reinante. Solo algunos detalles, como el hecho de que el cuerpo no fuera con el palio al cuello, el ornamento que indica que el pontífice estaba en el puesto en el momento de su muerte, lo distinguen de un funeral y un entierro como el de Juan Pablo II. Dentro del féretro, un ataúd de tres cajas (ciprés, roble y zinc), se introdujeron los palios utilizados y las monedas del pontificado: siete de oro, según el número de años, 10 de plata, por los meses, y nueve de bronce, indicando los días de su duración. A las 10.48, un grupo de 12 empleados del Vaticano cogió a hombros el féretro de Benedicto XVI y volvió a llevárselo al interior de la basílica. Francisco se levantó, en uno de los momentos más solemnes de la celebración, y se colocó en uno de los extremos para bendecirlo antes de que desapareciese de nuevo en el interior de la basílica, mientras se cerraban las cortinas de terciopelo rojo de la entrada y volvían a doblar las campanas. En ese momento, decenas de fieles gritaron “¡Santo Súbito!”, pidiendo la beatificación inmediata del difunto. La principal novedad es que Francisco presidió una celebración a la que acudían monarcas y presidentes solo a título privado, ya que no se consideraba un funeral de Estado. En realidad no era la primera vez que un papa asistía a las exequias de su predecesor. El 18 de febrero 1802, Pío VII acogió los restos mortales de Pío VI, que murió exiliado en Francia en 1799, y cuyo sucesor quiso que regresasen a Roma. Pero fue distinto: habían pasado más de dos años. Y esta vez la solemnidad de la imagen, que quedará para siempre en los archivos, marcará en adelante la manera en que podrán despedirse los pontífices cuando consideren que sus fuerzas ya no les acompañan para llevar su pontificado hasta la muerte.

Los últimos días de Benedicto XVI, acosado por los escándalos de corrupción, los casos de pederastia y el robo de documentos personales, fueron particularmente dolorosos. Por eso, la mañana del 11 de febrero de 2013, ante un grupo de cardenales, comunicó su histórica decisión. Lo hizo en latín, como gran parte de su funeral este jueves, y abrió un camino nuevo en la Iglesia moderna. Los últimos 10 años vivió retirado en el monasterio Mater Ecclesiae, en el interior del Vaticano, ya como papa emérito. Su secretario personal, monseñor Georg Ganswein, y las cuatro mujeres de la asociación Memores Domini que se encargaron de él durante este tiempo, se encontraban en primera fila del funeral, en un lateral del altar mayor. Las únicas delegaciones invitadas oficialmente fueron la de Italia, por la relación que tiene el Vaticano con el país que lo acoge, y Alemania, por ser el país natal de Ratzinger. El resto acudieron a título personal. En los bancos pudo verse al rey de Bélgica, Felipe; al presidente de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa; el presidente polaco, Andrzej Duda, o el ministro del Interior francés, Gérald Darmanin. No hubo, sin embargo, representación institucional de la Unión Europea. Representaron a España en el palco de invitados la reina emérita Sofía, el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, el presidente de la Conferencia Episcopal, Juan José Omella, y la embajadora ante la Santa Sede, Isabel Celaá. El funeral de Benedicto XVI culminó sobre las 11.40, cuando su féretro fue enterrado en la cripta papal de la basílica. Ese fue el momento en el que la Iglesia católica cerró definitivamente una década histórica en la que dos papas convivieron en un difícil equilibrio y lograron evitar hasta el último día una guerra cultural y de poder entre conservadores y aperturistas. A partir de mañana, Francisco deberá lidiar en soledad con las amenazas que continúan llegando desde el seno de la institución y terminar las grandes reformas que prometió cuando hace 10 años sucedió a Joseph Ratzinger.veda abierta para ajustar cuentas. 

Cuando el helicóptero blanco en el que iba sentado Joseph Ratzinger ―y que él mismo había pilotado en otras ocasiones― comenzó a batir la hélice en los jardines vaticanos y voló hasta el palacio papal de Castel Gandolfo atravesando toda Roma, nadie podía imaginar cómo terminaría aquella aventura. Benedicto XVI había renunciado al papado pocos días antes y se apartaba temporalmente de la Santa Sede para dejar libertad a un cónclave que proclamaría a un nuevo monarca. El 13 de marzo de 2013, el elegido por el Espíritu Santo ―y cinco votaciones― resultó ser un argentino que debía poner patas arriba la Iglesia universal y barrer todo aquello que Benedicto XVI no había logrado limpiar. Cuando regresó, se encerró en el convento de Mater Ecclesiae, a tres minutos en coche de la icónica entrada de Santa Ana y a solo varios centenares de metros de la residencia de Francisco. Cumplió su promesa de guardar silencio. Pero la guerra cultural y política que comenzó a librarse en la Iglesia con la llegada de Francisco le convirtió, a su pesar, en la bandera de los tradicionalistas. Su muerte reabre ahora un viejo escenario completamente nuevo. La película “Los dos papas”, ficción estrenada en 2019 y dirigida por el brasileño Fernando Meirelles, tenía poco que ver con la realidad. Nunca existió esa gran relación previa entre ambos papas. Y ni uno cantaba a los Beatles cuando se conocieron, ni el otro se dejaba enseñar a bailar tango. Es descabellado pensar que Ratzinger creyese que Francisco podía ser su sucesor antes de pasar por un imprevisible cónclave. La verdad señala que ambos pontífices mantuvieron una comunicación exquisita en las formas durante estos años y que Jorge Mario Bergoglio sí empujó con sus apoyos para que Ratzinger fuera nombrado Papa en 2005. Y es un hecho también que los opositores a Francisco han intentado utilizar a Benedicto XVI desde que se retiró como símbolo de la rectitud teológica frente a lo que consideran una traición a la Iglesia (el actual pontífice ha sido acusado de hereje al proponer la comunión para los hombres divorciados que vuelvan a casarse). Y aunque recientemente el tono ha sido más diplomático, ha sucedido hasta el último día de vida del pontífice alemán.

Ratzinger repitió varias veces durante su retiro que “solo hay un Papa”. Pero el sector conservador de la Iglesia, al galope a lomos de las guerras culturales que se libraban en Estados Unidos con la llegada de Donald Trump, convirtió a Ratzinger en su referente (el líder de la Liga, Matteo Salvini, solía llevar una camiseta que decía: “Mi Papa es Benedicto XVI”). Lo más curioso, sin embargo, es que dentro de la volcánica situación política de los últimos años y de la crisis de la izquierda, sirvió también como confort ideológico de un cierto sector progresista desencantado y que abrazó el mundo conservador como reacción. Sucedió dentro del Vaticano con una parte de la curia dispuesta al inicio a sintonizar con la revolución aparentemente progresista de Francisco, pero decepcionada luego por la falta de concreción de algunos elementos de aquel proceso. La muerte de Ratzinger abre ahora un escenario radicalmente distinto. Su sucesor aseguró a su llegada que tomaba buena nota de su renuncia, subrayando ese gesto como una vía que para siempre deberían ya tener en cuenta todos los papas. Y esa puerta, una vez superada la incómoda perspectiva de dos papas eméritos conviviendo en los jardines vaticanos, está abierta de par en par. En agosto, de hecho, Bergoglio protagonizó un acto de gran carga simbólica visitando en L’Aquila la tumba de Celestino V, el primer papa que renunció voluntariamente, en 1294. Su viaje, sumado a sus problemas de movilidad, desató todos los rumores. Pero él mismo aseguró luego que no se le había pasado por la cabeza renunciar.

Y esa es la tesis de muchos, que piensan que la muerte de Benedicto XVI puede provocar el efecto contrario. Sin la mirada silenciosa del pontífice emérito desde lo alto del monasterio de Mater Ecclesiae (madre Iglesia), Francisco podrá gobernar desde la Casa de Santa Marta con mayor libertad la Iglesia y expresarse de forma más personal. “Se gobierna con la cabeza, no con la rodilla”, respondió Francisco en una entrevista a ABC hace dos semanas respecto a un posible impedimento para seguir adelante. Francisco ha puesto en marcha ya las principales reformas que quería emprender en su pontificado. La nueva Constitución apostólica, una suerte de remodelación de la Santa Sede y la curia, ya se ha iniciado después de años de diseños. El problema, ha explicado él mismo siempre, es que el desbarajuste económico con el que se encontró, le obligó a retrasar muchos de los planes que tenía en marcha para tratar de ordenar las finanzas. Ese apartado, tal y como se ha visto con la reciente dimisión del responsable económico del Vaticano, el jesuita español Juan Antonio Guerrero (por motivos de salud, pero también algo cansado de las resistencias encontradas), sigue todavía pendiente. Pero la agenda de Francisco sigue incompleta y no hay motivos para ver un horizonte de renuncia.

La muerte de cada papa había generado en los últimos siete siglos un proceso político de enormes consecuencias. Tras el funeral del difunto, y declarada la sede vacante, el colegio cardenalicio se encerraba en la Capilla Sixtina hasta que el Espíritu Santo señalaba cuándo era la hora de añadir clorato de potasio, lactosa y colofonia al brasero con las papeletas de votación para obtener la clarificadora fumata blanca. Esta vez no sucederá. Pero la muerte de Benedicto XVI también tendrá consecuencias políticas, legales y biográficas en la recta final de su sucesor, que hoy es un año más viejo que Joseph Ratzinger en 2013, cuando renunció al cargo. El camino de la dimisión, por un lado, queda allanado para Francisco. Pero la oposición al Papa no es ningún secreto, presiona y se organiza ya pensando en el siguiente cónclave. Francisco siempre explicó que tomaba buena nota de la renuncia de su predecesor. Y que en adelante sería imposible no valorar esa posibilidad para un papa que intuyese el declive de sus fuerzas. Pero también dio a entender que dos papas eméritos serían demasiado y que, en ningún caso, un hipotético paso al lado tendría sentido mientras su predecesor viviese. Y esa es la principal novedad ahora. Quienes le conocen bien, sin embargo, creen que la autoridad de Francisco se verá más reforzada sin la coexistencia papal y que no hay una renuncia a la vista. “Creo que el jueves [día del funeral de Ratzinger] el papado de Francisco vuelve a empezar. Hasta hoy Benedicto XVI ha sido una referencia, pero también un freno y una suerte de contención, especialmente por los ambientes conservadores que han intentado utilizarlo”, señala Alberto Melloni, historiador de la Iglesia.

El sector ultraconservador libró en los últimos años una batalla sin cuartel contra Francisco, a quien acusaron de hereje y llegaron a pedir su renuncia, por boca del arzobispo Carlo Maria Viganò. Benedicto, sin embargo, funcionaba también como una suerte de escudo. Y ahora Francisco deberá medirse con esos ambientes, principalmente procedentes de la iglesia y el mundo conservador estadounidense, que incluso llegaron a proclamar la sede vacante. “La oposición que tiene Francisco dentro de la Iglesia no debe minusvalorarse. Todos los papas la han tenido, también los gobernantes… Hasta cierto punto es normal. El problema es que ahora las resistencias apuntarán directamente a su dimisión y a un cónclave que cambie el eje del pontificado. Benedicto se fue pensando que se seguiría su línea ―su candidato preferido era Angelo Scola―, pero no fue así. Si la presión para la dimisión crece y se hace fuerte, para el Papa será un problema. Porque la única condición de la renuncia es que debe ser libre. De modo que cuanto más presión tenga, más impensable será ese paso a un lado. El Papa no puede rendirse a la voluntad de los otros”, insiste Melloni. Francisco, a sus 86 años, arrastra algunos serios problemas de movilidad que le han impedido realizar algún viaje y asistir a determinadas citas. Hoy se desplaza en silla de ruedas y camina de vez en cuando con la ayuda de un bastón. Un papa frágil no es el mejor aliado para el simbolismo del poder. Pero él mismo, alejando los rumores de que esté cerca de marcharse, destacó en una entrevista reciente con ABC que “la Iglesia no se gobierna con la rodilla, sino con la cabeza”. Una de las personas que mejor le conoce y ha estudiado su pontificado, su biógrafo Austen Ivereigh, no tiene duda de que “la muerte de Benedicto abre el camino a renunciar cuando llegue ese momento”. “Parecía inconcebible que lo hiciera con su predecesor vivo. Pero al mismo tiempo creo que es un pontificado con mucho camino por recorrer y veo a Francisco mejor que el año pasado en términos de salud y energía”, apunta.

El tema ahora, sin embargo, es el modo en que se puede regular una situación como una renuncia papal ―la última antes de la de Benedicto XVI en 2013 fue la de Gregorio XII en 1415―, que hasta ahora ha generado mucha confusión y guerras soterradas. Ivereigh intuye que esa será la clave. “La cuestión interesante es el tema de la reforma de la institución del papado emérito, que solo tiene 10 años. Está claro que Francisco lo reformará, pero veremos de qué manera. Es indudable que ahora sí tiene más libertad para hacerlo [ya que no dejaría en evidencia la decisión de Ratzinger en 2013 de seguir llamándose a sí mismo papa] y habrá una reflexión necesaria sobre la experiencia de estos últimos 10 años. Él mismo dijo que, si no se acomete, existe el riesgo de crear una autoridad paralela con la figura del emérito. Benedicto siempre fue muy leal, pero es indudable que algunos opositores le usaron de una forma escandalosa para dañar al Papa”, insiste Ivereigh. Francisco ha dado algunas pistas sobre su hipotética renuncia en los últimos tiempos. Entre otras cosas, señaló que, llegado el caso, decidiría solo ostentar el título de obispo emérito de Roma, pasaría a vestir de negro y se iría a vivir fuera de los muros vaticanos: probablemente a la basílica de San Juan de Letrán. Una señal evidente de la idea que tiene sobre las interferencias que podría llegar a generar la figura mal regulada de un papa emérito. Massimo Faggioli, teólogo y profesor de la Universidad de Villanova (Filadelfia), cree que ese aspecto será fundamental ahora. “El verdadero problema si Francisco decide renunciar será de qué forma decide hacerlo. Y no lo veo encerrado en un monasterio como Benedicto XVI. Es un hombre distinto. De modo que lo interesante ahora no es si renunciará o cuándo, sino cómo lo haría. Ese será el gran cambio si se produce”.

El pontificado de Francisco, al menos su agenda, no ha terminado. Queda todavía completar grandes reformas, como la puesta en marcha de la nueva Constitución apostólica. Y el Papa deberá lidiar con asuntos ideológicos de carácter opuesto. Más allá de sus críticos ultraconservadores, también deberá gestionar la decepción de la iglesia alemana con lo que se consideran reformas fallidas y el impulso germano en avanzar mucho más rápido en cuestiones fundamentales para la apertura de la Iglesia hacia la sociedad. De hecho, los alemanes han comenzado un proceso sinodal paralelo que ha debatido sin tapujos y en profundidad la necesidad de ordenar a mujeres, de bendecir a las parejas gais o la revisión del celibato sacerdotal obligatorio. El Papa quiere que la Iglesia reflexione unida sobre sí misma en lo que él llama el camino sinodal, pero las corrientes ahora mismo parecen demasiado alejadas. El tramo final de su pontificado, ya sin la mirada de Ratzinger desde lo alto del monasterio de Mater Ecclesiae [Madre Iglesia], deberá ocuparse de este asunto.

Andrea Camilleri no escribió casi nunca de la Mafia, a excepción de “Vosotros” no sabéis, un diccionario de términos mafiosos cuyos derechos donó a los huérfanos de los agentes asesinados. No fue por miedo, sino más bien por todo lo contrario. “A la Mafia la he tenido siempre en un segundo plano, aunque siempre presente, porque negarla hubiese sido negar la existencia del aire”. “Tuve la oportunidad —explicó— de conocer a dos o tres mafiosos y tenían la fascinación de la simpatía. No eran ni mucho menos personas siniestras. Había que estar atento para no sentir simpatía. Sí, tenía miedo de hacer aparecer a los mafiosos como héroes simpáticos. Si usted mira “El Padrino” y ve la gigantesca interpretación de Marlon Brando, se olvida de que es un asesino. Lo olvida. Es un asesino que ordena homicidios, pero se le mira con fascinación. Ese es el riesgo. Yo temía caer en el mismo error involuntario en el que cayó Leonardo Sciascia cuando escribió “Il giorno della civetta” (El día de la lechuza) y retrató al personaje simpático de Don Mariano. Yo no quería eso. Camilleri, además de un escritor fantástico, un fumador compulsivo y el mejor conversador, fue hasta su muerte un comunista irredento, a pesar de que en los últimos tiempos admitía, no sin pesar, que para encontrar a la auténtica izquierda había que recurrir a la linterna del filósofo Diógenes. Y, aun así, por encima de sus ideas y de su convencimiento de que “el Vaticano es peor que una cúpula mafiosa”, le había empezado a caer bien el papa Francisco por su voluntad de cambiar algunas cosas dentro de la Iglesia: “Deseo que lo consiga”. Unos años antes, durante un paseo por Medellín junto al escritor colombiano Fernando Vallejo, varios periodistas amigos de La Habana, Cuba, me confesaron que pudieron comprobar que el autor de “La puta de Babilonia” —un descarnado ajuste de cuentas con la Iglesia católica en forma de ensayo— gustaba de entrar en la catedral para escuchar a los canónigos cantar las vísperas, disfrutar del frescor y la penumbra bajo las altas bóvedas y escribir a modo de conjuro contra una tentación improbable: “Dios no está ahí, pero sí su vacío”.

La fascinación por el misterio sí que siempre ha estado ahí, y estos días, aunque solo sea de soslayo, con descreimiento o directamente con animosidad, las miradas de Twitter —esas que nunca dudan— se han vuelto a lo que sucede en el Vaticano, donde miles de personas siguen haciendo cola para despedir a Benedicto XVI, el papa que renunció a serlo y que el día de su despedida también se permitió compartir con su grey el atisbo de una duda: “Las aguas bajaban agitadas, el viento soplaba en contra y Dios parecía dormido”. Justo en estos días de fechas señaladas y de ausencias irreparables, quien más y quien menos se ve reflejado en el autorretrato de Antonio Machado —”converso con el hombre que siempre va conmigo / quien habla solo espera hablar a Dios un día”—, y al menos espera, en medio de tantas verdades absolutas en peligrosa ruta de colisión, encontrar sosiego en aquella frase última de Andrea Camilleri: “Mi herencia es la incertidumbre”.

Cuando la televisión pública alemana ZDF produjo en 2017 la serie “La dura verdad sobre la dictadura de Franco”, y cuando Netflix la programó en 2021, muchos se preguntaron cómo es que en España no se hacen documentales así. Algunos sí se hacen: el último es una producción de RTVE con Minoría Absoluta, se acaba de emitir en La 2 y está disponible en RTVE Play. No ha armado tanto ruido porque tiene un nombre muy neutro: “España, el siglo XX en color”. Pero recorre, en seis capítulos, la historia de este país de los años treinta a los setenta. El ‘Nacional Catolicismo’ justificó los desmanes de los vencedores de la Guerra Civil y la eterna Dictadura de Francisco Franco. Muchos españoles recuerdan aquellos años. De ahí que Francisco era mucho más querido que ‘El Ratzinger’. El trabajo “España, el siglo XX en color”, no evita el descubrir el ‘Culto  la Muerte’… Es decir, repasa el franquismo desde sus precedentes (la dictadura de Primo de Rivera) hasta el desguace del régimen en la Transición. Las imágenes de archivo de la televisión pública, del No-Do y de la Filmoteca han sido seleccionadas con mimo y coloreadas como hoy es frecuente en el género documental: en realidad no hace falta para el relato, pero queda más vistoso y quizá sirva para atrapar al que zapea. Afirman que el pasado no fue en blanco y negro. Y el guion tampoco lo es: abundan los matices. No se rehúyen, no, las atrocidades del franquismo durante la Guerra Civil, en la cruel posguerra y aun en las décadas de tímida apertura que siguieron. Pero acierta esta serie en no situar al dictador y su camarilla como el centro de todo: hay un afán sociológico por mirar a los españoles. Eso lo diferencia del documental alemán, muy centrado en la figura del caudillo.

La serie pasa brevemente por las primeras décadas del siglo XX, y es ahí donde más luce el coloreado, aplicado a los primeros rodajes callejeros en España. Que era un país en terapia desde la pérdida de sus colonias, con masas en la miseria y el analfabetismo, con una clase política disfuncional. Aquí se pasa rápido por algunos episodios políticos relevantes: por cada minuto dedicado a Alfonso XIII y su errático reinado, hay varios dedicados a cómo vivía el pueblo (mal) en aquel tiempo. Se percibe la ilusión que despertó la Segunda República, y el avance en las libertades que trajo consigo, pero no se idealiza y quedan claros sus puntos flacos; después, la Guerra Civil se cuenta, sobre todo, desde los ojos de los civiles, en episodios como Gernika o el brutal ataque a la Desbandá que huía de Málaga. Sigue una feroz represión, la humillación de los vencidos, la asfixiante autarquía, la imposición del ideario nacionalcatólico. Se pone bien el foco en el papel de la Iglesia católica en el régimen, cuya represión bendice; esa fue una particularidad del fascismo español. Aquello dura un tiempo, porque el papado de Pablo VI implica un distanciamiento entre el Vaticano y El Pardo; después llegarán a las parroquias curas más cercanos al pueblo y a los obispados algunos partidarios de la reconciliación.

Se cuenta bien el giro que da el régimen en la segunda mitad de los cincuenta, cuando pasa por aquí Eisenhower, se instala Ava Gadner y los falangistas son relevados por tecnócratas del Opus. Los españoles eran muy aficionados al cine, que fue una ventana al mundo, un gran alivio en los peores años de la represión, pese a los esfuerzos de la censura; el doblaje obligatorio fue la forma (a menudo ridícula) de poder modificar los guiones. La televisión (se hacía muy buena televisión en los sesenta) y la apertura al turismo avanzaron en el cambio de las costumbres. Claro que el afán por atraer a viajeros extranjeros dio pie a un desarrollo urbanístico desmesurado que afeó casi todo el litoral. Ya antes de morir el dictador, surge prensa independiente, circulan libros que antes se habrían prohibido y asoma el destape, pero hasta finales de 1975 se persigue y tortura a opositores y se firman penas de muerte. El documental se detiene también en la vida cultural de todo este tiempo, de Concha Piquer a Raimon, pasando por Manolete y el deslucido concierto de los Beatles en Las Ventas; y en el deporte, con el despegue del fútbol como espectáculo de masas, las Copas de Europa del Madrid de Di Stéfano o el fenómeno del boxeador Urtain.

Queda claro el afán en poner el foco en la gente, en mayor medida en quienes no casaban con el relato oficial. Con especial atención a las mujeres, despojadas de sus derechos al caer la República y a las que quieren encorsetar en el papel de esposas sumisas, madres entregadas y amas de casa; incapaces de sacarse el pasaporte o trabajar sin permiso de su marido (eso que pasa hoy en Afganistán o Arabia Saudí y nos horroriza). Esas mismas españolas fueron derribando las puertas de las universidades y de los centros de trabajo, salieron de guateque y se pusieron el bikini (y muchas accedieron a la píldora o viajaron a Londres a abortar). Cuando el dictador muere, el feminismo ya es una fuerza social a tener en cuenta, y con muchas batallas por librar. La serie mira además a la clase trabajadora, que conoce la miseria y el desarrollismo, que llega a acceder a un 600 y que protagoniza las huelgas que fueron la mayor expresión de resistencia civil en el final de la dictadura. Mira a los barrios, reivindicados por los movimientos vecinales, y al medio rural que se revuelve contra la explotación y el abandono. Mira a los exiliados, mira a los emigrantes. Y mira mucho a la juventud, que incluye a los hijos de los vencedores de la guerra que ya no se identifican con los valores de sus mayores. Las universidades empiezan a ser un foco de conflicto, o mejor dicho un espacio de libertad, ya antes de las algaradas de 1968. Vemos, en definitiva, que la sociedad iba siempre por delante. Franco murió en la cama, sí, pero España no era, nunca había sido, como él la veía.

@Santi Gurtubay

@Bestiario Cancun

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