Los millonarios quieren conquistar la luna

“Buena suerte míster Grabowsky”. Neil Armstrong, cuando en 1969 ‘invadió’ la Luna, no sólo dijo: “Este es un pequeño paso para un hombre. Un salto gigantesco para la humanidad”

Por Santiago J. Santamaría Gurtubay

Olvidada ya la vieja era de lucha sin cuartel entre la URSS y Estados Unidos, la irrupción de ambiciosos magnates como Elon Musk, Jeff Bezos o Richard Branson marca un nuevo tiempo en el devenir de la carrera espacial. Son casi las tres de la madrugada en la Costa del Espacio. La furgoneta circula solitaria por el bulevar de los Astronautas en dirección al que un día fue el corazón del orgullo americano. Pasa un control militar y se detiene junto a un prado al borde del agua. El fuerte viento sacude los letreros que avisan de la presencia de caimanes. Pero el teniente Walker, de la división encargada de la seguridad de los lanzamientos del 45º batallón espacial de la Fuerza Aérea, que esta noche ejerce de mera contratista, explica que el aire en la superficie terrestre no es un problema. El joven oficial mira en su móvil la información en directo del lanzamiento. Lo ha visto ya muchas veces, pero apenas puede disimular la emoción. “En 5 o 10 años, esta comunidad va a volver a explotar. Es un gran momento para estar aquí”.

Al otro lado del río, las únicas luces de la noche cerrada iluminan la nube de vapor que rodea al cohete mientras se carga el combustible. Queda media hora para la cuenta atrás. El Falcon 9, bautizado en honor del Halcón Milenario de Han Solo, se yergue fantasmagórico amarrado a la lanzadera. Desde aquí despegó también el Apollo 11 que llevó al hombre a la Luna hace ahora casi 53 años. Todo parece igual, pero todo es distinto. El Falcon 9 que se prepara para volar no ha sido desarrollado por la NASA, sino por una compañía privada, SpaceX, propiedad de un joven multimillonario llamado Elon Musk, que ni siquiera había nacido cuando, aquel 20 de julio de 1969, Neil Armstrong dio “un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”. Aquel día, este pedazo de la costa de Florida ocupó el centro de la Tierra. Encarnó el símbolo de la superioridad del mundo libre en la Guerra Fría. Hasta que, de pronto, la conquista del espacio se convirtió en historia.

Después de la era Apollo, aquí el sueño futurista por antonomasia se empezó a conjugar en pasado. La carrera espacial era un decadente patrimonio de hangares en desuso, pistas desiertas y enigmáticas estructuras de hormigón corroídas por el calor húmedo, la lluvia y la vegetación tropical. Ruinas de una civilización que ardió en las llamas del transbordador Challenger el 28 de enero de 1986, al explotar en el cielo ante los ojos del mundo con siete astronautas dentro a los 73 segundos de despegar. Volvió a arder en el Columbia —con otros siete tripulantes a bordo—, que se desintegró al reingresar en la atmósfera terrestre el 1 de febrero de 2003. Y se extinguió oficialmente cuando, con el lanzamiento del último transbordador Atlantis, el 8 de julio de 2011, se puso fin oficialmente al programa Shuttle y se renunció a enviar más seres humanos a la Luna desde suelo estadounidense. Desde entonces, los astronautas americanos viajan a la Estación Espacial Internacional con escala en Rusia a bordo del Soyuz, el programa espacial del que fuera el archienemigo galáctico a batir.

La Costa del Espacio, que Gay Talese describió en 1965 como un lugar “de garitos glamurosos con chicas jóvenes bailando el twist en las barras, jugadores apostando al póquer en el piso de arriba y ruido por todos lados”, se transformó entonces en símbolo de los sueños abandonados. Perdió más de 20.000 puestos de trabajo y, de paso, su identidad. Porque aquí los adolescentes estudian en el instituto Astronauta, las familias comen en el restaurante Apolo, los coches circulan por Venus, Saturno o Plutón, y los números de teléfono empiezan por 321, en honor a la cuenta atrás con que despegan los cohetes. En este lugar de la Tierra, el espacio no se borra tan fácilmente. La zona intentó reinventarse. Se agasajó a nuevas empresas con ventajas fiscales. Se apostó por los cruceros, por el surf. Sobre las ruinas del espacio se levantó un reclamo para turistas aficionados a la historia. Y, de repente, el espacio volvió a su costa. “Después de 50 años, esto no ha hecho más que empezar”, dice hoy la publicidad de los autobuses del Kennedy Space Center, que llevan a los turistas a visitar las modernas lanzaderas y los impresionantes hangares, hoy llenos de nueva vida, donde los logos de la NASA compiten con los de las compañías privadas que han resucitado la carrera espacial. Entre ellas, SpaceX y Blue Origin, las empresas de Elon Musk y Jeff Bezos, dos soñadores que crecieron consumiendo ciencia-ficción y comprendieron que la misma tecnología que les hizo inmensamente ricos permitía cumplir sus sueños infantiles alimentados por las hazañas de la NASA. La competencia entre estos dos nuevos amos del universo, como en su día la de las dos potencias de la Guerra Fría, va camino de ser el impulso que lleve de nuevo al ser humano a la Luna.

“Nunca vamos a repetir el patrón de la era Apollo”, advierte Dale Ketcham, vicepresidente de Space Florida, agencia de desarrollo económico aeroespacial del Estado. “De hecho, uno de los problemas que ha habido desde entonces es que todos los programas posteriores se han juzgado frente al Apollo. Y eso es injusto porque aquello fue un cheque en blanco del Gobierno: ‘No importa lo que hagáis, pero venced a los rusos’. Por eso nosotros hablamos ahora de un renacimiento. El modelo se está renovando, con nuevas ideas y nueva gente en la ecuación. Es el sector privado el que está aportando el negocio y la innovación”. El proyecto espacial de Jeff Bezos, hoy el hombre más rico del mundo, empezó con augurios no aptos para supersticiosos. El 6 de marzo de 2003, según recuerda Christian Davenport en su libro The Space Barons, el fundador de Amazon sobrevolaba la árida geografía del Texas occidental en un helicóptero, acompañado de un excéntrico cowboy, una abogada y un piloto apodado Tramposo. “¡Mierda!”, gritó Tramposo, poco antes de que la hélice se hiciera añicos contra un arroyo premonitoriamente llamado Calamidad. Sobrevivieron todos. Bezos, cuya apretada agenda le había llevado a exigir realizar la visita en helicóptero y no a lomos de caballos como era costumbre, apenas sufrió unos rasguños. “Pensé que habría sido una forma muy tonta de morir”, admitiría después en la CNN. Los médicos de emergencias no tardaron en llegar al lugar en una ranchera. Y uno de ellos reconoció a Bezos de una portada del número de la persona del año de la revista Time de 1999.

Los rumores empezaron a circular. Se ataron cabos y se dedujo que podría ser Bezos el misterioso comprador que llevaba meses adquiriendo ranchos colindantes por la zona, oculto detrás de empresas bautizadas con nombres de míticos exploradores, todas vinculadas con una desconocida corporación con domicilio en Seattle y un nombre que, descubrirían después, ofrecía ya pistas sobre sus intenciones: Zefram Sociedad Limitada, como Zefram Cochrane, el personaje de Star Trek que creó el primer motor capaz de superar la velocidad de la luz. Un lunes de enero de 2005, Jeff Bezos se presentó en la redacción de The Van Horn Advocate, un diario del condado de Culberson con una circulación de mil ejemplares, para proporcionarle a su director la exclusiva de su vida. Estaba comprando todos esos terrenos para instalar ahí su compañía de viajes galácticos, Blue Origin, fundada cinco años antes y cuyas andanzas Bezos había mantenido en el más absoluto secreto. Elon Musk, muy al contrario, nunca ocultó sus sueños futuristas. La NASA no se tomaba en serio a aquel arrogante niño rico. Pero el fundador de PayPal y Tesla, cuya infancia transcurrió entre abusos de sus compañeros de clase en una dura escuela de Sudáfrica, no se iba a dejar amedrentar por los abusadores ahora que se había convertido en un joven empresario de culto y había demostrado de lo que era capaz. Si la NASA no iba a Musk, Musk iría a la NASA. El 4 de diciembre de 2003 Elon Musk se presentó en Washington con su cohete de 21 metros de largo, escoltado por la policía, que había atravesado el país en un tráiler desde la fábrica de SpaceX en el sur de California, y lo aparcó en la avenida de la Independencia. Justo enfrente del Museo Nacional del Aire y el Espacio, donde se preparaba un acto para conmemorar el centenario del primer vuelo de los hermanos Wright. Musk, entonces un joven de apenas 32 años, tenía un mensaje para Washington y la NASA. Eso que había aparcado delante de sus narices era un cohete capaz de volar al espacio. Su compañía lo había construido en menos de 18 meses desde su creación. La calculada puesta en escena, al más puro estilo Silicon Valley, subrayaba el contraste entre el pasado (las reliquias exhibidas en el interior del museo) y el futuro (el cohete barato y fiable de una nueva era). “La historia del desarrollo de los vehículos de lanzamiento no ha sido muy exitosa. Realmente no ha habido un éxito, si defines éxito como marcar una diferencia significativa, en coste o fiabilidad”, les dijo. “Tenemos un intento con SpaceX, yo creo, por primera vez en mucho tiempo”. El teniente Walker explica que la ventana para el lanzamiento del Falcon 9 en Florida es de cinco minutos. El tiempo preciso en que la órbita de la Estación Espacial Internacional la colocará a la distancia justa de este punto de la Tierra para que se acople con éxito la cápsula Dragon no tripulada que el cohete soltará en el espacio, cargada de experimentos científicos y víveres.

Cuesta creer que hace 50 años estos cálculos se hacían, básicamente, emborronando de ecuaciones una pizarra. En el museo del espacio de Cabo Cañaveral, el jubilado John Hilliard, que ejerce de guía voluntario, muestra una vieja computadora que pesa siete toneladas y ocupa toda una pared de una habitación que reproduce una antigua sala de control. Tiene 578 bytes. Cabrían 886 millones de ellas en un solo iPhone X. Para un emprendedor de Silicon Valley como Elon Musk resultaba difícil aceptar que la tecnología de los cohetes que Estados Unidos y Rusia lanzaban al espacio en los primeros años del siglo XXI fuera tan parecida a la de la era del Apollo. “Casi cada sector de la tecnología ha mejorado. ¿Por qué este no? Así que empecé a estudiarlo”, explicó durante un discurso en la Universidad de Stanford en 2003. Elon Musk y Jeff Bezos, el primero exhibiendo sus hallazgos y el segundo casi en la clandestinidad, llegaron a la misma solución técnica: cohetes reutilizables. Artefactos que después de colocar su carga en órbita, en vez de caer al océano, regresaban y aterrizaban de pie en un lugar predeterminado. “El mayor desarrollo en transporte espacial en más de una generación es la reusabilidad de los cohetes, que permite lanzamientos más baratos y frecuentes”, explica Ketcham, de Space Florida. “Musk y Bezos lo han perfeccionado y han construido sobre eso su plan de negocio”. El hallazgo prendía de nuevo la mecha de la fiebre por mandar humanos al espacio. Entre noviembre y diciembre de 2015, un cohete de Blue Origin y otro de SpaceX caían del espacio y se posaban con precisión en Cabo Cañaveral, listos para el siguiente viaje. Bezos se adelantaba por 28 días a Musk. Rivalidad, dinero y voluntad. Los tres motores de la carrera espacial. Las tres carencias que lastraban al programa espacial de la NASA después del Apollo. Pero Musk y Bezos tienen dinero a espuertas, voluntad forjada en colosales aventuras empresariales que les han enseñado que todo es posible y una rivalidad que, desde una mítica cena en 2004 en la que ambos magnates pusieron en común sus planes galácticos, ha desembocado en tensas disputas comerciales y hasta pleitos de propiedad intelectual.

Parte del atractivo de la rivalidad entre los dos millonarios, seguida a nivel fenómeno de fans por las legiones de nuevos aficionados al espacio, es que reproduce la esópica fábula de la liebre y la tortuga. Esta última es la mascota de la compañía de Bezos. Un hombre que el año pasado empezó a construir en el interior de una montaña de Texas el Reloj de los 10.000 Años, prodigio mecánico en el que ha invertido 42 millones de dólares, con una manecilla que cuenta los siglos y un cuco que canta los milenios. Hasta la fecha, es innegable que Musk ha tenido más éxito. Blue Origin ha lanzado una docena de cohetes. SpaceX, mientras tanto, ha lanzado más de 70 y una quincena de ellos han llevado cargas a la Estación Espacial Internacional, dentro de un contrato que tiene con la NASA para hacerlo. La de Musk es además una de las dos compañías, junto con la United Launch Alliance (ULA), conglomerado de Lockheed Martin y Boeing, que firmaron en 2014 contratos con la agencia para llevar astronautas a la estación en el futuro. Blue Origin, por su parte, firmó un contrato con la ULA, contra la que Musk había pleiteado, para proporcionar motores a la alianza de dos compañías que juntas suman 100 años de experiencia espacial. Bezos y Musk no son los únicos emprendedores privados del espacio. Ni siquiera los primeros. De hecho, el honor del primer viaje espacial privado corresponde al Conestoga 1, un misil Minuteman modificado con el que la empresa Space Services realizó su primer vuelo suborbital en 1982, allanando el camino para que EE UU aprobara dos años más tarde la primera ley que regula la actividad espacial privada. El primer civil que viajó al espacio lo hizo en 2001 a bordo de un Soyuz. Y en 2018, Virgin Galactic, del también multimillonario Richard Branson, se convirtió en la única compañía que ha mandado a una persona al espacio en un cohete privado (aunque existe cierto debate sobre si la altura alcanzada es o no el límite de la atmósfera terrestre).

La interacción entre la experiencia de los actores tradicionales y la osadía de los recién llegados de Silicon Valley genera optimismo en el sector. “Siempre es bueno hablar con gente diferente y conocer distintas maneras de pensar, eso ayuda a la innovación”, opina el general Douglas Schiess, del 45º batallón espacial de la Fuerza Aérea, en Cabo Cañaveral. “Pasamos un periodo de tiempo en que todo lo que había en este negocio era gente mayor de la primera etapa. Ahora ha entrado gente joven muy interesante, y la relación es buena. Este es un gran momento para estar en el negocio del espacio. Hay un resurgimiento y estoy emocionado por dónde estamos, por lo que estamos viviendo y por ser parte de ello”. Pronto, los carteles que anuncian “lanzamientos cada mes” en las carreteras de la Costa del Espacio se quedarán cortos. “El año pasado lanzamos 24 cohetes y este año vamos camino de los 28. Tenemos una visión de llegar a los 48 al año, lo que significaría lanzar un cohete cada semana”, explica el general Schiess. No llega a los 206 que se lanzaron en 1960, año que ostenta el récord, pero recuerden: no vale comparar con la era Apollo. El optimismo ha llegado a la Casa Blanca, que ha acortado en cuatro años, hasta 2024, su objetivo de mandar de nuevo astronautas a la Luna. El republicano Donald Trump solicitó 1.600 millones de dólares más al Congreso este año para volver al espacio “a lo grande”. La NASA bautizó el proyecto con el brillante nombre de Artemisa, hermana gemela de Apolo y diosa de la Luna en la mitología griega. Para desarrollarlo cuenta con las compañías privadas. Bezos se adelantó al anuncio de la NASA y presentó una maqueta de nave que asegura estará en condiciones de colocar astronautas en la Luna para 2024. “Oh, deja de vacilar, Jeff “, le respondió Elon Musk desde su cuenta de Twitter.

Quedan apenas 15 minutos para el lanzamiento del Falcon 9 en Cabo Cañaveral. SpaceX retransmite en streaming para sus miles de seguidores en todo el mundo. De pronto, el teniente Walker anuncia que el lanzamiento ha sido abortado. Esta noche no podrá ser. La misión se aplaza 24 horas. Es el tercer retraso que sufre. El motivo, se sabría después, es un problema eléctrico en el barco no tripulado, bautizado como Por Supuesto que te Sigo Queriendo en un guiño al autor de ciencia-ficción Iain Banks, sobre el que el cohete de más de 540 toneladas debía aterrizar de pie una vez colocada en órbita la cápsula Dragon Cargo. Nada grave. El Falcon 9 saldría a la noche siguiente y cumpliría con éxito su misión. Más preocupante fue la destrucción, unas semanas antes, de una cápsula Dragon Crew, en la que SpaceX planea enviar a los astronautas. Ardió en la pista durante una prueba. El percance frustró el plan de Musk de enviar astronautas a la Estación Espacial Internacional antes del final de este año. Hay quien dice que se vieron sonrisas en los despachos de la ULA, la otra contratista de la NASA para alcanzar el mismo objetivo, cuando se conoció la noticia. Jeff Bezos, por su parte, se mantuvo callado. Todo indica que será a mediados de la próxima década cuando se sepa si ha ganado la liebre o la tortuga.

Dijo su frase inmortal, aquella que sus guionistas le prepararon sobre un paso pequeño para un hombre y un gran salto para la humanidad, cuando en 1969 fue el primer hombre en pisar la luna. Hoy la hubieran escrito los guionistas ‘currelas’ de Netflix. Neil Armstrong pronunció otra locución: “Buena suerte míster Grabowsky”. Nadie supo en aquellos momentos qué significaban aquellas palabras. Cuando nos acercamos al séptimo aniversario de la muerte de este astronauta estadounidense, ocurrida el 25 de agosto de 2012, en Cincinnati, Ohio, logramos descifrar lo que pareciera un mensaje de pura criptología cubana. Neil, jugaba al fútbol con sus amigos de su natal condado de Auglaize. El árbitro había marcado penalti. Armstrong ejecutó la máxima pena. Fue tal la fuerza que metió el gol, pero la pelota rompió las redes y fue a parar a la casa de los Grabowski. Rompió la luna principal de la casa. En aquellos precisos instantes los Graboswski protagonizaban una disputa conyugal sexual. El fogoso míster Grabowsbi pretendía, en vano, desde horas atrás, hacer el amor con su asexuada esposa. Al entrar el balón enviado por el niño Neil, el hombre hizo caso omiso, obsesionado con sus quereres… Su esposa, a la defensiva, no le dio importancia tampoco al accidente doméstico. No obstante, pronunció una frase premonitoria… “Para que lo sepas míster Grabowski, haremos el amor cuando Neil suba a la luna”. Décadas después aquel infante pisó el único satélite natural de la tierra. Neil Armstrong no se había olvidado de la extraña actitud de sus vecinos, quienes le devolvieron el balón y nunca reclamaron  el arreglo de su vidrio roto. “Buena suerte míster Grabowski” fue la expresión más humana del primer terrícola en pisar la Luna.

Alérgico a la fama hasta el punto de dejar de firmar autógrafos cuando supo que luego se vendían por astronómicas cifras económicas, Neil Armstrong posiblemente se sonrojaría hoy ante el sinfín de muestras de respeto, halagos y condolencias hacia su familia tras conocerse su muerte. Aunque él huyera de esa etiqueta, Armstrong fue recordado por el ex presidente Barack Obama como lo que fue: “El mayor héroe que ha dado Estados Unidos, y no solo de su tiempo, sino de todos los tiempos”, expresó el antecesor del ‘marciano’ Donald Trump. Neil regresó a la luna 43 años después. Allí se fue a ‘encontrar’ con Elíades Ochoa, guajiro trovador santiaguero, quien decidió -todavía no de forma definitiva- instalarse allí. Va y viene a la tierra cuando le llegan las vacaciones y las actuaciones. Meses atrás estuvo por España y Europa y Nueva York con Buenavista Social Club. No se olvida, en sus ‘días libres’ de Cancún y el Caribe Mexicano… Es fanático de las tertulias después de una comida cubana, en el restaurante ‘Mamainés’ en pleno Yaxchilán de nuestra ciudad, en torno a un café Serrano y un ron Havana Club añejo 7 años. Mientras Neil Armstrong terminaba de ‘acomodarse’ en la Luna, Elíades acaricia, araña y da piquetas a las cuerdas como para afinar su guitarra en los tonos ‘eliadescos’, esos que suenan a alegría con granitos de sal de lágrimas, suelta una introducción animosa. “El clima está cambiando en el mundo, porque le hemos hecho mucho daño a la tierra, a los paisajes… Escribí esta canción ‘A la luna me voy’ precisamente por ese motivo, porque tenemos un plantea herido… Extraño la frescura del clima, las palmeras…”. Y arranca ante la admiración de su amigo Neil: “Quiero irme a la Luna, ya tomé mis decisiones, voy a vivir a la Luna, ya tomé mis decisiones. Que pronto volveré a la Tierra, cuando esté de vacaciones, sólo volveré a la Tierra, cuando esté de vacaciones. Eeeeh eh eh, a la Luna yo me voy. Ehhh me voy me voy, a la Luna yo me voy. Me llevo para la Luna, la alegría santiaguera, me llevo para la Luna, la alegría santiaguera, el amor de mi guajira, y el verde de mis palmeas/Yo me voy, yo me voy pa’la luna/A la luna yo me voy”.  Los historiadores insisten en que la luna no ha sido visitada desde 1973. Esta columna pretende demostrarles que no es cierto del todo… La próxima vez que anden por la calle en una noche de Luna y esta les sonría, piensen en Neil y Elíades y háganles un guiño. Ese mismo día recibirán un mensaje en su Twitter, desde la Luna de la solidaridad…

Donald Trump convirtió su discurso inaugural, en el monumento a Abraham Lincoln en Washington, en el primero que un presidente daba en décadas en el Día de la Independencia, en una fiesta de exaltación patriótica en la que ensalzó todo de tipo de gestas y héroes de sello estadounidense: desde la invención de la bombilla a la del jazz, de la derrota del nazismo a la llegada a la Luna. Sobre esto último volvió a prometer: “Iremos pronto de nuevo a la Luna, y también vamos a poner la bandera en Marte pronto. Para los estadounidenses nada es imposible”, arengó, tras celebrar la creación de Cruz Roja, el voto de las mujeres o la celebración de la Super Bowl. “Mientras nos mantengamos leales a nuestra causa y recordemos nuestra gran historia, y mientras no dejemos de luchar por un futuro mejor, no habrá nada imposible que América pueda hacer”, dijo. “Nunca olvidéis que somos estadounidenses y el futuro nos pertenece”, remató al final, entre ruidos de aviones y otros cachivaches militares. La historia no es el fuerte de Donald Trump. Durante su discurso Salute to America (que se puede traducir como saludo u homenaje a Estados Unidos), hablaba del año 1775 cuando dijo: “Nuestro Ejército controló el aire, embistió las murallas, tomó el control de los aeropuertos, hizo todo lo que tenía que hacer”. En un intento de explicar el lapsus, volvió a la carga en Twitter con uno de sus ‘fake news’: “Era difícil leer el teleprompter -apuntador electrónico- con la lluvia”. En aquel momento antihistórico en la histérica concentración, ya no caía agua del cielo en la capital norteamericana.

Abraham Lincoln (Kentucky, 12 de febrero de 1809 – Washington D. C., 15 de abril de 1865) fue un político y abogado, afiliado al Partido Republicano,  que ejerció como decimosexto presidente, desde el 4 de marzo de 1861 hasta su asesinato. Lideró a Estados Unidos durante la guerra de Secesión, el conflicto más sangriento y quizás también la mayor crisis moral, constitucional y política que ha sufrido la nación. Al mismo tiempo, preservó la Unión, abolió la esclavitud, fortaleció el gobierno federal y modernizó la economía. El Lincoln Memorial es un monumento  cuyo edificio tiene forma de templo griego dórico, y tiene una gran escultura de Abraham Lincoln sentado e inscripciones de dos conocidos discursos de Lincoln. En este monumento han tenido lugar muchos discursos importantes, incluyendo el de Martin Luther King y “Yo tengo un sueño”, que fue pronunciado el 28 de agosto de 1963 durante la manifestación al final de la Marcha en Washington por el Trabajo y la Libertad. El Monumento a Lincoln se unió a la lista del Registro Nacional de Sitios Históricos el 15 de octubre de 1966. Está abierto al público desde las 8 de la mañana hasta medianoche todo el año, salvo el día 25 de diciembre. Donald Trump nunca pudo elegir un escenario tan inapropiado para ensalzar a su Ejército en la ‘toma de control de los aeropuertos’, de una forma ‘vanguardista’ desde hace dos siglos y medio… La capacidad histriónica del actual primer mandatario, el de los aranceles a China, Unión Europea, Rusia, India, incluidos a sus dos socios como son México y Canadá, le ‘trasladó’ hasta 1775, fecha en la que se produjo la Invasión de Canadá, la primera gran iniciativa del recién formado Ejército Continental durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos. El objetivo de la campaña fue obtener el control militar de la provincia británica de Quebec y convencer a los canadienses franco-parlantes de unirse a la revolución en el bando de las Trece colonias. Una de las expediciones marchó desde el fuerte Ticonderoga bajo el mando de Richard Montgomery, capturó el fuerte St. Johns y casi logra capturar al general británico, Guy Carleton, al tomar Montreal. La otra expedición dejó Cambridge, Massachusetts bajo Benedict Arnold, y viajó con gran dificultad a través de los bosques de Maine hacia la ciudad de Quebec. Las dos fuerzas se unieron ahí, pero fueron derrotadas en la batalla de Quebec en diciembre de 1775. Donald Trump todavía se pregunta por qué se olvidar de toma y utilizar los aeropuertos. Abraham Linconl carcajea sin parar en sus noches de soledad en el National Mall, Explanada Nacional.

En la noche del 21 de julio de 1969, sufrió la llegada de ‘The Invaders’, no muy diferentes a los protagonistas de la serie de televisión estadounidense de ciencia ficción y aventura, emitida por la Cadena televisiva ABC. Los diálogos de los exploradores eran hasta lunáticos, parecieran plagiados de los libretos de ‘Los Invasores’: “Este es un pequeño paso para el hombre. Un salto gigantesco para la humanidad”. Apolo 11 fue una misión espacial tripulada de Estados Unidos cuyo objetivo fue lograr que un ser humano caminara en la superficie de la Luna. La misión se envió al espacio el 16 de julio de 1969, llegó a la superficie de la Luna el 20 de julio de ese mismo año y al día siguiente, 21 de julio, logró que dos astronautas (Armstrong y Aldrin) caminaran sobre la superficie lunar. El Apolo 11 fue impulsado por un cohete Saturno V desde la plataforma LC 39A y lanzado a las 13:32 UTC del complejo de cabo Kennedy, en Florida (EE UU). Oficialmente se conoció a la misión como AS-506. La misión está considerada como uno de los momentos más significativos de la historia de la Humanidad y la Tecnología. El domingo, 21 de julio del 2022, se cumple más de medio siglo de aquella hazaña. La tripulación del Apolo 11 estaba compuesta por el comandante de la misión Neil A. Armstrong, de 38 años; Edwin E. Aldrin Jr., de 39 años y piloto del LEM, apodado Buzz; y Michael Collins, de 38 años y piloto del módulo de mando. La denominación de las naves, privilegio del comandante, fue Eagle para el módulo lunar y Columbia para el módulo de mando. El comandante Neil Armstrong fue el primer ser humano que pisó la superficie del satélite terrestre el 21 de julio de 1969 a las 2:56 (hora internacional UTC) al sur del Mar de la Tranquilidad (Mare Tranquillitatis), seis horas y media después de haber alunizado.


La carrera espacial, de la Biblia a los ‘porros’ de mariguana o hachís. Hace cincuenta años, parecía que la Unión Soviética podía ganar la carrera hasta la Luna, en plena Guerra Fría. Hoy, su programa espacial se encuentra en dificultades. Muchos pensadores sostienen que el mundo cambia a una velocidad acelerada y que nuestro tiempo es el más convulso de la historia. Pero si se vuelve la vista medio siglo atrás cuesta no considerar soporífero el presente ante la épica de entonces. Hace cincuenta años, la Unión Soviética, alentada en parte por el triunfo del Sputnik de 1957, aún creía que podía presentar una alternativa real al sistema capitalista y algunos creyeron que podía demostrarlo ganando la carrera hasta la Luna. Sin embargo, en las Navidades de 1968, ese sueño comenzó a desmoronarse a miles de kilómetros de la Tierra cuando Frank Borman, James Lovell y William Anders alcanzaron por primera vez la órbita de nuestro satélite a bordo del Apolo 8. En la Nochebuena del 68, Borman, Lovell y Anders leyeron un fragmento de la Biblia en televisión, hoy, Elon Musk, creador de PayPal, la cara más conocida de la nueva carrera espacial, se fumó un ‘joint’ en directo durante un programa de radio. Cinco décadas después, no es probable que aquellos hombres o sus rivales soviéticos hubiesen podido predecir los derroteros de la carrera espacial. Durante las siguientes décadas, con la excepción del puñado de misiones Apolo, el ser humano no superó la órbita baja de la Tierra y los rusos ni siquiera llegaron a la Luna. La caída de la URSS dejó tambaleándose el programa espacial ruso, pero la inercia lograda durante aquella etapa dorada ha mantenido a este país entre los líderes de la carrera astronáutica. Sin embargo, algunos analistas temen que la patria de Laika, Yuri Gagarin o Valentina Tereshkova esté a punto de caer en la irrelevancia. Hace pocas semanas, Rusia anunció un plan para construir una colonia en la Luna en la década de 2040. En un momento de interés renovado por el satélite, con un robot chino recién aterrizado en su cara oculta, la antigua potencia quiere mantener su estatus, pero no parece sobrada de fuerzas. También han cambiado los usos y costumbres del gremio espacial, de la Biblia a la ‘Mota del Chapo’.

El personaje del comic protagonizó en la ficción la primera llegada a la Luna a bordo del cohete X-FLR6. Fue en las páginas de ‘Objetivo: la Luna y Aterrizaje en la Luna’, casi 20 años antes de la hazaña del Apollo 11 en 1969. Una exposición rescata aquella premonición de Georges Remi, más conocido como Hergé. En el siglo XX produjo una serie de iconos gráficos universalmente reconocibles: la botella de Coca-Cola, el paquete de cigarrillos Lucky Strike, la boca con la lengua fuera de los Rolling Stones, el lema de I Love New York con el corazón rojo y las letras negras, el huevo frito de Miró para la campaña turística española y… el cohete rojo y blanco, el X-FLR6, con el que Tintín viajó hasta la Luna, casi dos décadas antes de que la realidad, con el Apollo 11, alcanzase al héroe de los pantalones de golf creado por Hergé. Objetivo: la Luna y Aterrizaje en la Luna se publicaron por entregas entre el 30 de marzo de 1950 y el 30 de diciembre de 1953 y rápidamente se convirtieron en algo más que tebeos. Desde el 17 de diciembre, con motivo del aniversario de la llegada del hombre al satélite terrestre, el 21 de julio de 1969, CosmoCaixa dedicó en Barcelona una exposición a la hazaña del personaje de Hergé titulada Tintín y la Luna.

“La fuerza del álbum consiste en que no se trata de un relato de ciencia-ficción”, explica Dominique Maricq, uno de los grandes tintinólogos, autor de libros como Hergé por él mismo e investigador desde hace 25 años de Studios Hergé, la fundación que se ocupa de conservar y difundir la obra del autor belga. “Su opción fue desde el principio dibujar una aventura seria, de divulgación científica, eso sí, con el humor típico de sus álbumes y con una intriga de espionaje”, prosigue el experto. El éxito de los dos tebeos, el decimosexto y el decimoséptimo de la serie, de 62 páginas cada uno, se basa precisamente en eso: dentro de la fantasía, Hergé (1907-1983) trató de ser realista y convincente. No aparecen marcianos, ni rayos láser, ni civilizaciones ocultas en la cara oscura de la Luna, ni otros elementos que proliferaban en la ciencia-ficción aquellos años de descubrimientos y de incipiente carrera espacial, sino que utilizó todos los datos que tenía a mano para tratar de construir una historia verosímil -de hecho, acertó en cosas entonces ignoradas, como la existencia de hielo en el satélite-. Aunque no es el tebeo de Tintín más influido por la Guerra Fría -es justamente el siguiente, El asunto Tornasol, otra de las obras maestras de Hergé-, sí que está muy marcado por el momento en el que fue concebido, en plena pugna de bloques: el intento de alcanzar el espacio se concibe como una hazaña política tanto como un logro científico, y sobre el relato flotan el espionaje, la seguridad y el secretismo.

“Buscó fuentes muy buenas, se documentó sobre experimentos científicos, sobre todo en Estados Unidos”, señala Maricq. “Hergé siempre fue muy sensible a la actualidad, era algo que le interesaba mucho. En 1949 se había lanzado un cohete desde una base estadounidense y al final de la Segunda Guerra Mundial se arrojaron los cohetes V2 nazis. También conoció a ingenieros y hasta a un responsable de investigación atómica en Bélgica, que le dio pistas, a medio camino entre la utopía y la ciencia. Se documentó sobre aspectos muy técnicos sobre el átomo, las máquinas, la energía nuclear. Supo rodearse muy bien para hacer algo creíble”.

Es uno de los álbumes donde la obsesión por los detalles de Hergé es más evidente; por ejemplo, en los dibujos de la superficie lunar o del espacio. Introduce el asteroide Adonis, que no fue descubierto hasta 1936, y el cohete es propulsado por energía atómica, que era entonces un campo en pleno desarrollo. Este realismo, eso sí, se produce paradójicamente dentro de la suspensión de la realidad que caracteriza la serie, no solo porque transcurra en un país inventado, Syldavia, sino porque acaban viajando a la Luna los astronautas más inverosímiles que se puedan concebir. Aparte del ingeniero Frank Wolff y de un polizón, los viajeros espaciales son Tintín, su perro Milú, el capitán Haddock, el profesor Tornasol y los desastrosos detectives Hernández y Fernández, que se cuelan por error en la nave, pero para los que también tienen a mano los famosos trajes espaciales naranja que les permiten pasear (con sus bastones) por la Luna. Pero el genio de Hergé reposa precisamente en esa combinación imposible, que sin embargo funciona perfectamente, entre el realismo -era un obseso de la documentación, consultaba todo tipo de publicaciones para sus esbozos, y un dibujante de una extraordinaria precisión- y la fantasía.

Curiosamente, los diseños, sobre todo el del cohete, han envejecido muy poco durante este periodo, pero una parte del humor aparece hoy como totalmente incorrecto, porque se basa en las tremendas borracheras que se agarra el capitán Haddock, mientras suelta sus maravillosos improperios -“cataplasma, ectoplasma, iconoclasta, astronauta de agua dulce”-, que ponen en peligro su propia vida y la de los demás. La obsesión del capitán es llevarse whisky a la misión lunar, pese a que se lo habían prohibido explícitamente, algo que consigue escondiendo el alcohol dentro de un libro. De hecho, cuando en 1962 se adaptó en dibujos animados, los autores instauraron la ley seca para Haddock y reemplazaron el whisky por café, y el motivo de su salida al espacio ya no fue una borrachera, sino su habitual torpeza. Sin embargo, el tebeo provocó un pequeño escándalo por otros motivos: la Iglesia católica belga protestó por un detalle -el suicidio del ingeniero Wolff para salvar a sus compañeros ante la falta de oxígeno en el regreso-. En la versión que finalmente se publicó en forma de álbum, Hergé accedió a cambiar el tono y la letra de la carta de suicidio para que no pareciese que se quitaba la vida, sino que se sacrificaba por todos lanzándose a una misión con pocas esperanzas de sobrevivir.

“Gráficamente representa una depuración de todo lo que significa Tintín”, explica el autor de cómics Paco Roca, que acaba de publicar El tesoro del cisne negro (Astiberri), un tebeo de corte tintinesco y que, como Hergé, ha cultivado la línea clara como estilo. “Todos sus tebeos, pero en especial los de la Luna, resumen lo que significaba el cómic en ese momento: transportarnos a lugares a los que la humanidad no había llegado, y que solo se podían alcanzar a través de los dibujos y del cine. Además, Hergé se tomaba el cómic muy en serio, aunque en principio se dirigía a todos los públicos, en particular a los niños, no dejaba nada al azar”, prosigue Roca. Este tebeo, sin embargo, se encuentra entre los más oscuros de la serie, sobre todo la segunda parte, y tal vez precisamente por eso sea uno de los que más permanecen en la memoria de los adultos.

El año 1950 es muy importante para el dibujante belga porque es cuando funda su estudio ante la enorme repercusión que alcanza su obra, y se convierte así en una industria del entretenimiento. Cuando la editorial Casterman empezó a publicar hace tres años la Integral Hergé, que pretende recopilar en 12 tomos toda su producción, desde los tintines hasta dibujos desperdigados en todo tipo de revistas, no arrancó cronológicamente, sino con el tomo que cubre el periodo 1950-1958, que concentra muchas de sus obras maestras. No es una casualidad tampoco que el dibujo de Hergé que ha alcanzado un precio más elevado en una subasta sea una plancha original de Objetivo: la Luna en tinta china por la que se pagaron 1,55 millones de euros. Como en muchos de los tebeos de Hergé, su viaje a la Luna fue un trabajo de equipo. En este caso, colaboró con Bernard Heuvelmans y Jacques Van Melkebeke en la historia que fue perfilando y profundizando según se iba publicando en la revista Tintín. Los álbumes que aparecieron posteriormente, en 1954, también presentan cambios con respecto a la historia difundida por entregas. Cuando comenzó la serie, muchos detalles técnicos se le escapaban y el equipo fue solucionándolos sobre la marcha, pero tuvo la suerte de que justo en 1950 apareciese un ensayo científico de Alexandre Ananoff titulado Astronáutica. De hecho, le rindió un homenaje explícito, ya que el libro aparece en una de las portadas de la revista, sobre la mesa del estudio del profesor Tornasol. Pero, por encima de todos los demás, un dibujante tuvo un papel especialmente importante: se trata de Bob de Moor, que, entre otras cosas, fue quien concibió el icónico cohete y se ocupó de la superficie lunar. “El genio de gran narrador de Hergé se refleja en que algunos objetos acaban por ser tan importantes como los propios personajes. Es sin duda el caso del cohete o del ídolo Arumbaya de La oreja rota”, explica Maricq. Hoy se recuerdan las palabras que pronunció Neil Armstrong al pisar el satélite —“un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”— por encima de las de Tintín -“ya está, he dado unos pasos, por primera vez en la historia de la humanidad, hemos caminado sobre la Luna”-, pero sin duda el rojo y blanco del X-FLR6 ha ganado la batalla al Apollo 11 en la imaginación planetaria. “Buena suerte míster Grabowsky!

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